La Armonía en el Romanticismo

HOMOFONÍA

La Armonía en el Romanticismo

Durante el Romanticismo, las banderas del subjetivismo se alzaron poderosamente sobre la perfección formal y la simetría del Clasicismo. Los efectos sonoros mediante enlaces no convencionales empezaron a ser parte del cuerpo armónico por lo cual muchos pasajes dejaron de catalogarse como funcionales dentro del marco del sistema tonal.

Así la sonoridad de los acordes sobrepasó la frontera de las tres terceras superpuestas debido al uso de acordes con notas agregadas a las 3 notas ya existentes de la tríada, dando origen a nuevos colores y tensiones armónicas. Por otra parte, los enlaces y las progresiones armónicas se desprendieron de lo que era lo frecuente hasta el período clásico: los enlaces por terceras cromáticas, los enlaces de tritono y las secuencias reales. Sin embargo, el lenguaje que se cristalizó durante todo este período no se apartó en el aspecto esencial de la formación de los acordes heredado del Clasicismo. Siguieron usándose los acordes compuestos a partir de terceras: mayores, menores, aumentadas o disminuidas.

El afán existente por una ampliación de los medios de expresión armónicos no produce, si prescindimos del de séptima y novena de dominante, la introducción de acordes nuevos, sino de profundizaciones novedosas de acordes ya conocidos.

Los últimos compositores románticos solían construir estructuras de acordes cada vez más complejas y disonantes sobre la base de múltiples suspensiones, para revelar luego la lógica oculta tras las relaciones paradójicas de las notas; su propósito tendía a ser no tanto el ingenio como una expresión emocional realzada y una necesidad, a veces frenética, de sorprender. A veces en la música se oyen hasta frases enteras que parecen haberse alejado tanto de la dominante lógica de la tonalidad (como sucede en Strauss, por ejemplo, en Reger, o en las primeras obras de Schönberg), como para haber perdido totalmente el contacto con ella; pero durante toda la duración de una pieza jamás perdieron completamente el contacto con la tonalidad.

Fue Schönberg quien en 1909 entendió a donde había conducido tal situación y, en el último movimiento de su segundo cuarteto para cuerda, dio el paso decisivo: en este movimiento, la falta de armadura en la clave, significa, por primera vez la falta de toda tonalidad y de las relaciones lógicas que la definen.

Anexos

Fryderyk Chopin (1810 - 1849) Ballade N° 1 en Sol menor, Op.23

Franz Liszt (1811 - 1886) Estudio de Concierto N° 3 / Un Suspiro

Arnold Schönberg (1874 - 1951) Cuarteto de Cuerdas N° 2, 4° movimiento “Entrückung”

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